En julio 1891, un inglés llamado Charles Wells llegó al casino de Montecarlo con $2.000. Comenzó a jugar a la ruleta usando lo que parecía ser alguna clase de sistema de apuestas en la ruleta, con números bajos. Pronto tenía en su poder unos 100 mil francos, cantidad suficiente como para que el casino decidiera cerrar temporalmente la mesa en la que Wells estaba jugando, hasta recuperar lo que Wells se había llevado.
Cuando Wells regresó a esa mesa, volvió a dejarla sin dinero, ganando otros 100 mil francos. En 11 horas de juego, Wells quebró a la banca unas 12 veces. Durante dos días más volvió al casino de Montecarlo, para completar un récord de 23 triunfos cada 30 giros de rueda de ruleta.
Se calcula que las ganancias de Wells de esa primera sesión completa (los 3 días), fueron de $200.000. Regresó unos meses más tarde sólo para volver a ganar $200.000. Cada vez que Wells quebraba una mesa, ésta era clausurada.
El gerente del casino de Montecarlo se dio cuenta de que, a pesar de la pérdida de dinero, esto resultaba en una excelente publicidad, ya que más y más gente llegaba hasta el casino atraída por la historia del hombre que había quebrado a la banca en Montecarlo. Tanto Wells como Montecarlo se volvieron mundialmente famosos con estos episodios. Y jugadores de todo el mundo acudían a Mónaco con la esperanza de repetir la hazaña.
En 1892 Wells regresó a Montecarlo y ganó una docena de veces. Pero, repentinamente, las cosas comenzaron a cambiar: Wells empezó a perder. Mucho. Tanto, que se estima que perdió mucho más de lo que había ganado en todas sus sesiones en el casino de Montecarlo.
Volvió a Inglaterra y nunca más pisó Montecarlo. Hacia el final de su vida, terminó confesando que, realmente, el no tenía ningún sistema de ruleta, que lo suyo había sido pura suerte. Murió sin un centavo, 35 años después de la hazaña de la que todavía hoy se habla.
